HOME - ABOUT US - NEWS - TEAMS - PHOTO GALLERY - ARTICLES - INTERVIEWS - FAN FORUM - SITE MAP - LINKS
Inicio - Evolución - Perú - Gaby - Archivos - Estrellas - Enlaces

Gina Torrealva (PER)
Una entrevista informal y algunos pensamientos sobre Seúl
[English version]

Este es el último artículo que me falta por escribir. Acabo de terminar las páginas individuales de más de veinte jugadoras internacionales, y escogí hacer este último porque quiero compartir algo con los lectores que seguro les interesará. Espero que Gina también lea esto muy pronto, porque es a ella a quien más le concierne...
Yo entrevisté a Gina el día después de la penúltima Navidad del siglo XX, en las bancas afuera del gimnasio El Olivar donde entrena la selección. Al comienzo mi propósito fue de entrevistar a Mambo, pero algo me dijo que el coreano no me daría ni la hora del día, así que pedí hablar con Gina primero. Ella salió del coliseo, yo le expliqué lo que estoy haciendo con esta página de internet, y ella me dijo que tratara de hablar con "Míster Park", pero que lo más probable era que ni me mirara. Y así fue. Pero Gina amablemente me propuso contestarme las preguntas que tuviera, y cuando nos sentamos para esta entrevista informal tuvimos una charla muy bonita que nunca olvidaré. Gina es extramadamente sencilla, nada de aires subidos y fue muy amable conmigo. Le hice preguntas sobre varios espacios vacíos que tenía yo en mi conocimiento del vóleibol peruano. Ella trató de ayudarme hasta donde pudo—nada antes de Mambo y nada después de Seúl (porque ella se retiró y se desvinculó de los aconteceres de la selección).
Gina celebra un punto ante los Estados Unidos en la Copa Japón '87. Cuando la entrevista, ella no me lo dijo, pero aparentemente ella fue elegida la mejor jugadora del torneo! Eso le muestro a uno cuán modesta puede ser esta brillante jugadora, la más consistente que el Perú ha tenido. La capitana de nuestra selección.
Me contó cómo cuando ella estaba en la selección de menores, Mambo vio que su generación era tan talentosa y tan unida, que él comenzó a subirlas a jugar con la selección de mayores para darles roce y prepararlas al nivel fuerte que pronto enfrentarían. Gracias a este reto tan temprano, las jóvenes bajaban a jugar torneos de juveniles y jugaban extremadamente bien. La mejor prueba de ello fue cuando quedaron segundas en el Mundial Juvenil del '81 en México. Con ese trofeo ganado, esta joven generación sabía que tenía material para hacer cosas grandes. Una vez integradas a la selección de mayores y con la ayuda de algunas jugadoras de más experiencia (Aurora Heredia, Silvia León y Cecilia del Risco), el equipo comenzó a funcionar increiblemente bien. La base del equipo que quedó subcampeón mundial en Lima '82 fueron mayormente las juveniles: Cecilia Tait, Raquel Chumpitaz, Denisse Fajardo y Gina Torrealva. El éxito de estas jugadoras se lo pasaron a la siguiente generación, cuyas titulares incluyeron a Rosa García, Natalia Málaga y Gaby Pérez del Solar. Juntas, estas dos generaciones duraron hasta el '88, pero la base se formó de ese equipo subcampeón mundial juvenil del '81.

Gina y yo hablamos de varias cosas, como por ejemplo cómo Mambo les exigía pensar en la cancha, o las cosas que les decía cuando pedía "time-outs" para motivarlas a ganar (no siempre cosas muy alentadoras que digamos). También me contó sobre las cosas que Gina hacía como capitana para que todas sus compañeras aprendieran a llevarse bien. (Todas estas cosas están esparcidas por este website, no las voy a listar de nuevo aquí.) Me contó del Mundial de Checoslovaquia, de la Copa Japón '87 (en donde creo que ella fue nombrada la mejor jugadora de ese torneo; pero miren la modestia de Gina—¡ni lo mencionó!), pero cuando llegamos a Seúl... ahí hubo un pequeño silencio, como si yo estuviese a punto de abrir una caja de Pandora que ella ha preferido mantener cerrada todo este tiempo.


Gina bloquea una bola de las búlgaras junto a Raquel Chumpitaz. Fue en el Mundial de Mayores en Perú '82. [Foto: Bruce Hazelton, Volleyball Monthly]
Es doloroso recordar ese capítulo, y el público peruano sufrió con ella en esa fatídica madrugada del 29 de noviembre de 1988. Pero también vibró y se alegró cuando hablamos sobre las victorias ante China y Japón. Esos partidos sí los recordaba con una sonrisa enorme. Cuando le pregunté qué le pidió a dios al marcar el punto 15 sobre los 14 de China, Gina dijo que ella tiene una enorme fe en dios, y que en el fondo de su alma ella le pedía sólo un puntito más. Y llegó ese punto, mandado del cielo, y fue esa victoria, dice Gina, la que derrocó a una dinastía, pues la selección china se desinfló por completo y perdió su aire de invencibilidad. El partido contra los EEUU la hizo reir. Dijo que de repente miró el marcador y decía USA 2 : PER 0 y comenzó a alentar a sus compañeras: "Chicas miren, !tenemos que hacer algo!"
La victoria sobre las estaunidenses les aseguró el primer lugar del grupo B (en efecto, sólo ganar un set fue necesario), pero por un rato las cosas se vieron negras, porque si no ganaban ese set, hubieran tenido que enfrentar a las soviéticas en la semifinal. Menos mal que no fue así, y la semifinal fue contra Japón. Gina se rió de nuevo cuando le pregunté cómo reaccionaron todas cuando la japonesa Ichiko Satoh tumbó a su entrenador con banca y todo. Ella dijo que "se mataban de risa", y que el partido—que estaba fácil—no parecía digno de una semifinal. Parece que ese pequeño acto cómico las desconcentró a todas, porque cuando entraron al tercer set !estaban dormidas! Japón igualó a dos sets cada uno, y en el quinto aparentaba haber tomado las riendas del partido, pero no, la racha se la pararon las peruanas en el punto 13. Para Gina, esa victoria del 27 de setiembre que les aseguró la medalla de plata, debe haber sido el momento más feliz de su vida (me imagino, me olvidé preguntarle).

Sin embargo, hablar de cómo el destino no le dejó llevarse la medalla que ella quería... eso fue difícil sacarlo al aire. Gina con las justas me miraba cuando mencioné el nombre "Unión Soviética", sólo movía la cabeza de lado a lado como diciendo, "¿Pero cómo pudo ser?" Ella admite que nunca ve el partido grabado, que cada vez que lo trata de ver y lo pone en el tocacintas su corazón comienza a palpitar y lo quita inmediatamente.

          —¿Cuánto tiempo te tomó recuperarte de este episodio? —le pregunté. Me miró, y con toda la honestidad en su corazón me respondió:

          —Nunca. Hasta ahora no me repongo.

          Pero ¿por qué? se preguntarán ustedes. Porque Gina se siente un poco culpable de ser ella la que falló el último balón.

          —La bola estaba demasiado pegada, y por más que traté de sacarla, la rusa [Tatyana Sidorenko] ya estaba ahí —recordaba. Pero sus compañeras le dijeron después del partido que no había sido su culpa, pues ¿qué iba a hacer? era una situación difícil. Sin embargo, Gina piensa que estuvo en sus manos salvar ese punto y que desafortunadamente, no lo pudo hacer. (A lo cual yo quería decirle lo siguiente pero no era la ocasión correcta para tomar una tangente tan extensa, así que Gina, si lees esto, esta es una parte de nuestra conversación que no pude compartir contigo).

 

 
* * * * *

Llámame un poco obstinado, pero si tú no sabías que hubieron varios peruanos que se tomaron este evento muy a pecho, pues ahora sí lo sabes. Yo fui uno de ellos, pero mi manera de reponerme consistió de dos pasos bastante peculiares. Uno de ellos lo estoy completando hoy día, 29 de agosto de 2000, pues tan pronto termine este artículo voy a mandarle la dirección de este website a varios websites de interés por el mundo, no sólo al Perú. (Es por eso que la mayoría de las páginas están en inglés; ruego me disculpe el público peruano.) Con esto, he logrado hacer que la historia de la selección peruana sea conocida por el mundo entero, y que al entrar en este medio de comunicación del futuro no llegue a perderse en el olvido del siglo que se va.

La otra manera de reponerme fue más intrépida aún. Yo siempre tuve un interés por los acontecimientos político-históricos, y el año después de Seúl se comenzaron a evidenciar posibles rupturas en el bloque soviético. Mi interés por los movimientos de independencia en los países de Europa oriental creció, y luego de caer el muro de Berlín, la Unión Soviética—la fuerza principal detrás del imperio comunista—dejó de existir en 1991. Después de la derrota en Seúl yo me pregunté (porque solía ser bien religioso también en aquel entonces), ¿Por qué dios dejó que ganaran las soviéticas? El pueblo soviético no necesita una victoria tan importante en sus vidas como la necesitábamos los peruanos, sumidos en una crisis económica y social, golpeados por corrupción, apagones, terrorismo e inflación. ¿Por qué dios no dejó que el pueblo peruano pudiera sentir una felicidad tan grande como la de ganar el máximo honor del deporte mundial? Fue entonces, y con los acontecimientos históricos que ocurrían en la Europa oriental, que me propuse "conocer" al pueblo soviético. Pero no estudiándolos por enciclopedias y de lejos, no—desde adentro. Es más, me propuse conocer a la mismísima Valentina Oguienko, y ver si era o no la maldita sobrehumana que nos robó la medalla de oro. (Qué picón era yo, dirán ustedes... es más, lo reconozco. Pero era algo que tenía que resolver por mi propia cuenta y el camino por el que me llevó esta obstinación me hizo vivir cosas increibles.)

Cuando me fui a estudiar a los EEUU, me enteré de un programa de ruso intensivo que incluía 7 meses de estudio en San Petersburgo. Me apunté al toque. Estudié el idioma, y el 17 de julio de 1993, aterricé en suelo anteriormente soviético. No fue fácil. Las condiciones de vida en Rusia no son algo que a uno lo mantienen muy positivo. Los rusos son un pueblo sufrido, con una historia de injusticias bajo los Zares, represión bajo el comunismo, y el caos tan peligroso de hoy en día. La gente aparente ser fría al comienzo, pero es su modo de ser. Una vez que se abren se dejan conocer y se empeñan por hacerte entender de dónde vienen, y cuál es el sentimiento general del país, pero raramente hablan del futuro. Hay varios echos que marcaron su historia, y parece que con el sistema centralizado de gobierno que había antes, cada decisión que se tomaba Moscú directamente afectaba las vidas de más de doscientos millones de personas en toda la Unión Soviética. Vivieron dependiendo de un gobierno supuestamente interesado en el bien de su pueblo, y con el tiempo, la gente entró en un estado de letargia horrible. Tanto así que ahora que ese gobierno autócrata y déspota ya no existe, al común de las personas les cuesta tomar sus vidas individuales en sus propias manos. En vez, han tomado control las mafias, los políticos corruptos y los pocos empresarios que han acumulado tanto dinero que ellos mismos explotan el poder que tienen sus cuentas bancarias.


Gina, cuando recién empezaba a jugar por la selección. [Foto: El Comercio]
Cuando me di cuenta de todo eso, comencé a añorar ciertas cosas del Perú que nunca había apreciado, pero que en contraste a la vida en la ex-URSS me hacían querer regresar al Perú inmediatamente. Por ejemplo, a pesar de la pobreza que hay en el Perú, la gente nunca deja de gozar la vida. Las calles están llenas de gente, jugando carnavales en las plazas en febrero, paseando por las parques; se escuchan salsas alegres saliendo de los tantos micros que pasan, llevando personas a sus trabajos, familias a sus casas, estudiantes a las escuelas. Hay en el Perú, una energía que no se ve en la Rusia de hoy, y seguro menos aún en la Unión Soviética de los tiempos de Seúl '88. En la URSS la gente pobre no podía hacer nada con respecto a su situación porque todos vivían en condiciones iguales, entonces ¿cómo distinguirían la pobreza? Ni siquiera se les permitía ver cómo se vivía en Occidente, así que ni comparación podían hacer. Pero en el Perú no, una persona que no tiene para alimentarse sale a la calle y hace algo, lo que sea, para no morirse de hambre—se pone a lustrar zapatos, a vender anticuchos en la calle, a manejar un microbús, a repartir periódicos, con la esperanza (nunca perdida) de que el día siguiente será uno mejor.
En resumidas cuentas, el pueblo peruano goza más de su existencia (por más imperfecta que sea) que el pueblo soviético o el ruso de hoy en día (esperemos que por el bien de los rusos eso cambie).

¿Y a qué viene todo esto? ¿Cómo se relacionan estas observaciones con el vóley? Cuando llegué a Rusia, inmediatamente comencé a buscar pistas que me llevaran a Valentina Oguienko.

          —Oigan, ¿recuerdan ustedes a esa temible matadora que tenían en su selección campeona olímpica del '88? Se llamaba Valentina Oguienko —le pregunté a varias personas. Todos me respondían con miradas vacías.

          —¿Quién? —preguntaban. Pero ¿cómo puede ser que no supieran? —Mira, la URSS produjo tantos campeones olímpicos, que hace tiempo que dejamos de contar. A los rusos nos gusta más que nada el jóckey sobre hielo, el patinaje artístico, el atletismo, la natación y a veces el fútbol.

Compré el periódico ruso deportivo Sport Ekspress y en efecto, las noticias sobre el vóleibol ocupaban tan sólo párrafos, y cuando habían competencias internacionales un poco más, pero nada tan extenso como los demás deportes. Conocí a un funcionario deportivo en San Petersburgo, y le pregunté si sabía dónde jugaban los clubs de vóleibol de la ciudad, como el Avtomobilist Peterburg, pero el señor ni idea. Eventualmente me rendí, pues parecía que a nadie en esta tierra le importaba el vóleibol.

Pero el siguiente año tuve que regresar a Rusia por diversas razones, y me di con la coincidencia que estaban por comenzar los Terceros Juegos de la Buena Voluntad en San Petersburgo. Compré todos los boletos a los partidos de vóley que pude, y me fui a ver jugar a las selecciones invitadas en el Zímni Dvoriéts (Palacio de invierno). Me encontré con varios peruanos y una colombiana que se unió a la barra porque, como hermana latina, andaba con ganas de gritar y sentirse orgullosa de su gente y expresarlo a todo pulmón (que es algo que los rusos raramente hacen). Y así entramos estos ocho hispanos, bulliciosos, a un coliseo a medio llenar (los boletos estaban caros para estándares rusos), con nuestra bandera peruana, y le hicimos barra a una selección peruana—que francamente daba pena—pero aún con las imperfecciones le ganaron a Cuba Juvenil con las justas en el quinto set. Salimos en América Televisión, e inclusive el comentarista nos llamó de "desafinados" y se preguntaba cómo habíamos hecho para llegar hasta allá. (Pucha, si supiera...)

Entre los partidos, aproveché para caminar y ver cómo calentaban los otros equipos y tratar de conseguir alguno que otro autógrafo. Y fue así que en esos días, conocí a la maravillosa japonesa Mótoko Ohbayashi (que resulta no hablaba ni pizca de inglés), conocí a las estaunidenses Danielle Scott (que ahora está imparable en la selección de los EEUU), Kimberly Oden, y Yoko Zetterlund, como también a las nuevas peruanas Milagros Moy (es zurda de nacimiento pero pega con la derecha), Sara Joya, Iris Falcón, y las eternas Natalia y Rosa. Y en eso fue que vi que las rusas andaban descansando después de su partido, algunas sentadas en los asientos, otras charlando en grupos. Me acerqué primero a la altísima Yevgueniya Artamonova, que estaba sentada escuchando su walkman. Hablamos un rato en ruso, y me di cuenta que es una chica bien dulce, y no la temida atacante de punta que es hoy en día. También saludé muy brevemente a Yelena Batújtina, luego a la feroz Marina Ñikúlina, y finalmente, a Valentina Oguienko. Para comenzar, no podía creer que estaba viendo a LA Oguienko con mis propios ojos. No parece ser una máquina, ni un robot, ni una gigante como lució en las pantallas de Panamerican de Televisión en 1988. Al contrario, era recontra amable, y cuando le dije que era peruano sonrió como evocando memorias de ese partido inolvidable. Hablamos un ratito, luego muy cordialmente me firmó un autógrafo y con voz bien bajita se excusó, con una modestia que no esperaba.


Gina, saludando al público en la Ceremonia de Inauguración de los Juegos Olímpicos de Seúl '88. ¿Se imaginaría ya que esas siguientes semanas le cambiarían la vida? [Archivo de fotos de la FIVB]

¡Acababa de hablar con Valentina Oguienko, no lo podía creer!—faltaba la Parjomchuk pero la condenada se escapó a Croacia hacía varios años.

La impresión que me dio Valentina fue muy positiva, sin embargo, exhibía una modestia rarísima para una medallista olímpica. Pero juzgando por el público presente, que nunca subió el volumen de los alientos a su propio equipo más que los nuestros, no me extrañaba que el nombre Oguienko no fuese inmediatamente reconocible por la mayoría de los rusos. Ella fue, en los tiempos de la máquina deportiva soviética, un atleta más que cumplió con su deber y ganó una de tantas medalla de oro para la URSS. Pero Gina, ¿tú crees que a ella la recibieron cientas de personas con flores en el aeropuerto en 1988? ¿Tú crees que cerraron kilómetros de calles para verlas pasar por las avenidas de Moscú? ¿Tú crees que se llenaron ESTADIOS con miles de personas para celebrar y agradecer lo que habían hecho por su país? Tales despliegues masivos de personas por sus voleibolistas, ¿tú crees que se llevaron a cabo? Tú has estado en la Unión Soviética, y aunque seguro no te dejaron salir del hotel para andar por la ciudad sola, la realidad del asunto es que en el Perú, tú has llegado a ser un héroe, un ídolo, un ejemplo; pero las soviéticas, ellas tan sólo cumplieron con su deber, y regresaron a sus vidas cotidianas con el mínimo de reconocimiento a sus esfuerzos. Y por más que ella tenga una medalla dorada, tú tienes una medalla de plata MÁS el amor y respeto y admiración de todo un país.

Es por eso que escribo esto, para que no te sientas culpable de una derrota que puesta en contexto fue más victoria que derrota, para que finalmente puedas darte cuenta de que el destino se escribió con algún propósito en mente, y para que sueltes esos fantasmas de una vez por todas. A mí me tomó una larga odisea por tierras lejanas, y una vez que respondí mi propia pregunta, pude continuar con mi vida con un poco de paz. Espero que tú también lo hayas hecho, o que por lo menos, esta carta en algo te ayude hacerlo. Esta fue parte de la conversación que nunca tuvimos, me hubiera encantado narrártelo en persona para ver tu reacción. Claro, nunca es tarde para sentarnos y recordar más cosas juntos, y de reir como lo hicimos sentados bajo el sol de mediodía de ese 26 de diciembre...

 

Inicio - Evolución - Perú - Gaby - Archivos - Estrellas - Enlaces